23 personas que un buen señor tuvo en gracia a escoger para jugar la Eurocopa 2008 de Austria y Suiza, van y se plantan en la final y la ganan. Jamás he visto, ni creo que vuelva a ver, tanta gente junta celebrando algo. Y, si bien es verdad que en este país cualquier excusa es buena para salir a celebrarlo, creo que nunca tanta gente pensó eso mismo al mismo tiempo.
Colón, la Castellana, Génova, etc… Todo era una marea roja. Y no solo en Madrid, sino en todo el país, en cada pequeño rincón. No basta con que tengamos a uno de los mejores pilotos de la historia de la F1, posiblemente. No basta con que tengamos a un potencial Nº1 del tenis mundial, ni que sea uno de los deportes que mejor se nos da. No basta con ser campeones del mundo de futbol sala, ni con tener una gran selección de balonmano, ni de volley, ni de hockey, ni tener grandes ciclistas…. Y solo hablamos de deportes, porque tenemos grandes escritoras y escritores, actores y actrices que triunfan en todo el mundo, directores, grandes empresarios, inventores… Parece que teníamos una espinita clavada con el fútbol, y es que el fútbol en España es, sin duda, lo que mas dentro se siente. Mucha gente dice, a mi no me gusta el fútbol, es que me da igual verlo… He visto a esas personas coreando a los jugadores por su victoria, es algo genético.
Sin duda hay 3 momentos que no olvidaremos ningun futbolero en mucho tiempo, y que serán los que contemos a nuestros hijos y nietos. El gol de Villa a Suecia, en el último minuto, el auténtico espiritu de campeón, el que sale en el momento oportuno. Casillas, que ya se ha convertido en toda una leyenda bajo los palos, eliminó el solito a toda una campeona del mundo, no hay palabras para explicar lo que sentimos en ese momento, todos nos acordábamos de la nariz de Luis Enrique. Y, finalmente, el gol de Torres en la final, apareciendo cuando España más le necesitaba, demostrando que llegará a ser un gran jugador, dando pasos de gigante.
Gracias por hacernos sufrir tanto tiempo para al final darnos una alegria tan grande.

Campeones, al fin